Performance Varieté
Publicado por Unknown en 10:45
Etiquetas: literaria, literatura, presentación, taller literario, textos
PODERES PSÍQUICOS
Se despertó a eso de las tres de la
madrugada todo sudado. Raro en él, que más bien era friolento. Es que no pudo
reponerse de la agitación hasta unos minutos después. ―Suelo dormir desde que
me acuesto hasta que suena la alarma.―Pensó tan fuerte que lo dijo en voz alta.
―¿Te dejás de joder?
Su esposa siempre sutil.
Es que ella no reconocía que a su
marido le estaban empezando a suceder cosas. La sombra de él, sentado desde su lado
de la cama, se podía plasmar en la pared del dormitorio. Se levantó de un salto
y, una vez frente a la heladera, lo supo con lucidez.
―Tengo poderes psíquicos.
Mirando el yogurt bebible, sonrió. Después
quedó petrificado al pensar en las consecuencias de su hallazgo. Las imágenes
le taladraban la mente. La mirada perdida del que sabe que está muriendo era
tan real, que escupió el trago de yogurt. Lo tenía enfrente como a un toro
agonizante, rodeado del morbo general. Eran las cuatro y no podía dormir.
Se dio cuenta que eso no había sido
una pesadilla. Las pesadillas, como todos los sueños, por lo general mezclan
con capricho aleatorio, objetos, movimientos, situaciones. En este caso, las imágenes
lo habían llevado a lugares que nunca había visto. Aunque muchas veces subió por
la estrecha escalerita de estructura metálica que conducía a la planta alta, reconoció
detalles muy precisos de los rombos de los peldaños y de las sombras que producían
contra la pared de abajo, que no eran sueño. En la oficina de Uncos, el jefe
del taller, jamás había visto que las dos manijas de los cajones del escritorio
eran distintas, ni que en el cajón de abajo el viejo Uncos escondía un arma
entre los papeles y cables. Hasta podría dibujar ―si lo supiera hacer― cómo
eran los relieves de la culata o la forma del percutor.
Era poco más de las cinco. Volvió a
acostarse, pero la agitación era tal, que fue al baño. Así como para la mayoría
de nosotros es arduo memorizar, para él significaba mucho esfuerzo olvidarse de
cada una de las palabras que en la visión había cruzado con Uncos.
―Silguero. Venga para acá.
―Sí.
Qué pasa.
―Acompáñeme
arriba. Le tengo que mostrar algo.
Los rombos de la escalerita, la oscilación del caño que oficiaba de baranda. El olor a pintura fresca. El chirrido de la puerta placa. La suciedad del ventanal que servía de panóptico. Todo. Todo estaba fijado en su memoria.
Sentado en el inodoro, sintió correr una gota fría que le caía desde la nuca hasta su desembocadura. Temió enloquecer. El inexorable recuerdo de lo que vendría, lo paralizaba.
―Siéntese, Silguero.
Cortó un poco de papel higiénico y se lo pasó como pudo por la espalda. Le faltaba la respiración. Al mirar el picaporte de la puerta del baño, creyó ver el cromado del caño del arma de Uncos. Por poco se tiró a un costado. Se podría haber lastimado con el borde de la pileta. Por suerte era algo así como una alucinación, nada más.
“Tener poderes psíquicos me va a matar”
―pensó. Se concentró nuevamente en su tarea. Los ojos insomnes le ardían.
Pronto tocaría la alarma. Su pantalla mental, de pronto continuó su relato.
―Mire, Silguero, no estoy bien. Con usted tuve muchas agarradas. Me disculpo si se sintió acosado por mí. El médico me dijo que la ira podría ser una de las formas de desahogarme de mi enfermedad. Y creo que deposité mi ira en usted.
―Está
bien.
―No.
No está bien. ¡No está nada bien! ―Uncos tomó aire. Hizo una pausa. Se apoyó
otra vez en el respaldo de la silla―.
―Si
quiere, dígame en qué le puedo ayudar. ―Retomó Silguero el diálogo.
―
¿Ayudar? ―preguntó con desdén.
―
¿Usted se ofrece a ayudarme? ¡No me haga reír, no me haga reír, por favor! Los dos
sabemos el desprecio que tenemos el uno por el otro. ¡No sea hipócrita,
Silguero! ―Otra vez quedó hamacándose en la cornisa de la silla. Los microescupitajos
que al vociferar vertía sobre los papeles del escritorio eran tan agresivos
como sus palabras―.
Con el calzoncillo como grilletes, Silguero se encontró llorando, parado frente al espejo del baño. Rememorar la premonición nocturna lo estaba volviendo loco.
― ¿Te falta mucho? ―La nula amabilidad
de su esposa lo volvió a la realidad. Eran las 6.30 y no había escuchado el despertador.
Se lavó con fuerza la cara para
despegar las ojeras, desayunó, preparó el bolso y se fue en bicicleta al
trabajo.
Estaba tan ensimismado, que de no
haber sido por sus nuevas capacidades psíquicas, hubiera tenido algún accidente
vial. Porque mientras por fuera se veía a un hombre en bicicleta yendo al trabajo,
por dentro, continuaba el encuentro fatal.
―Yo no lo desprecio. ―Fue la tímida e inverosímil respuesta ante la catarata de saliva de Uncos.
―Está
bien, si me la quiere hacer difícil, no importa. Yo ya tomé la decisión. Acá
termina todo. Lo elegí a usted porque si hay un mal que le deseo es que quede traumado
de por vida. Yo no tengo empacho en reconocer que durante décadas lo odié. El médico
me dijo que el tumor era por toda la frustración que guardé durante años. Y
usted es el principal causante de mis males.
―Yo
no sabía… ―Las palabras huecas de Silguero fueron interrumpidas por un rítmico
movimiento del brazo de Uncos, que, pasando por el cajón, elevó en círculo la
mano, empuñando el arma que al solo impacto, le abrió la boca en flor.
La
mirada perdida de Uncos, como quien sabe que está muriendo, quedó inmóvil sobre
la silla. Al instante, le esbozó a Silguero, como despedida, una macabra
sonrisa de carnes y dientes. Y se desplomó entre los papeles del escritorio,
mientras daba sus últimos temblores.
Al llegar al galpón en donde estaba la fábrica, Silguero saludó a todos como si nada.
―¿Y Uncos?
―Arriba. ―Le contestaron.
Subió por la escalerita y las sombras
que formaban en la pared los rombos de los peldaños, eran iguales a los de sus
visiones. Entró sin golpear. Uncos estaba en el escritorio.
― Ah, Silguero. Le tengo que mostrar
algo.
Mientras dio dos pasos adelante, Silguero
sacó un arma de su bolso, con el que le dio tres disparos.
Uncos, mientras iba muriendo como un
toro en el rodeo, dejó soltar de su mano un par de cables de muestra.
Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com
EL ASCENSOR
(En
medio de la escena, se encuentra un
bastidor con forma de cubo, sin techo ni pared frontal de dos metros de alto y lado).
(Entran
por un costado: PROMOTOR, HOMBRE y MUJER. Se paran a un costado del cubo).
PROMOTOR
(Joven vestido con traje negro, corbata y camisa blanca. Se detiene al costado
del cubo) –Acá lo tienen. Esto es lo que ustedes están buscando. Nuestra
empresa jamás ha tenido un problema con nuestros trabajos realizados. No por
nada figuramos en el catálogo de las empresas más seguras de Iberoamérica.
HOMBRE
(Vestido como empresario) –Más allá del buen diseño, que realmente veo que está
acorde al edificio que hemos construido, me gustaría saber cuál es la
innovación en materia de seguridad que tienen estos ascensores.
PROMOTOR
–Paso a explicarles. Como ya ustedes me comentaron, al ascensor que solicitaron
le darán el uso exclusivo para trasladar personas del piso 34 al 35, que es
donde están las bóvedas y las oficinas del directorio. Por lo tanto, nadie
podrá, sin autorización, llegar al piso 35. Nadie.
MUJER
(vestida de traje) –Tenemos algunos empleados que si bien trabajan en pisos
inferiores, deben cada tanto ingresar al piso 35. ¿Cómo se agiliza en este caso
sin perjudicar la seguridad?
PROMOTOR
–Muy buena pregunta. Para eso ofrecemos tres alternativas de seguridad.
Cualquiera de ellas las podemos instalar sin ningún problema. Ellas son: cinta
magnética, visor ocular, scanner digital.
(HOMBRE
comienza a rodear el cubo en atenta observación).
MUJER
–¿Podemos hacer instalar dos dispositivos simultáneamente?
PROMOTOR
–Por supuesto. Les recomiendo cinta magnética para los empleados de pisos
inferiores y scanner digital para los
miembros del directorio. (Muestra un pequeño dispositivo). Éste es el control
remoto además que cierra el habitáculo herméticamente ante hostilidades o
intromisiones. Funciona con sensor de proximidad.
HOMBRE
–Bien, ¿se podrá hacer la prueba como habíamos convenido?
PROMOTOR
–Para eso estamos. Aguárdenme que les traigo las cintas magnéticas para
probarlas. (Se retira. HOMBRE y MUJER recorren el cubo examinándolo).
MUJER
(Mirando el cubo) –Te aviso que leí los mensajes de tu celular.
HOMBRE
–No es momento.
MUJER
–No es momento. No es momento me decís.
(Regresa
PROMOTOR con dos cintitas).
PROMOTOR
–Permítanme una muñeca.
MUJER
–Él primero le puede pasar su muñeca.
PROMOTOR
–Ok. (Mientras le coloca la cinta, HOMBRE y MUJER se miran fijamente).
MUJER
–¿De qué material está hecha la puerta? (Le extiende le brazo a PROMOTOR).
PROMOTOR
(Colocándole la cinta) –Titanio reforzado. Únicas en el mercado. Entremos para
que vean cómo reconoce las cintas magnéticas el sensor. (Entran los tres. Suena
una alarma).
HOMBRE
–¿Y eso?
PROMOTOR
–Porque yo no tengo cinta. Pero observen. (Acerca su pulgar a un borde del cubo
y deja de sonar la alarma). ¿Ven? Este ascensor tiene ingresados los datos de
mis huellas digitales. También por seguridad, los celulares pierden la señal al
ingresar y cerrar la puerta.
MUJER –¿Se puede cambiar el color del piso?
(Se
apagan las luces quedando solo un cenital que alumbra el cubo en su interior).
HOMBRE
–¿Esto forma parte de la prueba?
PROMOTOR – No entiendo qué pudo pasar.
MUJER
–Pero vos tenés una llave o algo así para abrir. ¿No?
PROMOTOR
-¡No! ¡Me quiero matar!... (Tantea sus bolsillos). Cuando fui a buscar las
cintas magnéticas llevaba en la mano el control remoto. Creo haberlo dejado en
la otra oficina… El control tiene sensor de proximidad. El ascensor se cerró
porque no lo tenía conmigo…
HOMBRE
(saca su celular pero no tiene señal). ¡Ah, no sé! ¡Vos me sacás de ésta!
MUJER –¿Esto es una broma?
PROMOTOR
–Ojalá lo fuera. (Comienza a golpear las paredes).
MUJER
(Aterrada) –Sufro claustrofobia… No me digan que no podemos salir.
HOMBRE
(Pasando la muñeca con la cinta por el sensor una y otra vez.) –Si esto no es
una joda, sos un pelotudo. ¿Sabés que te puede costar el trabajo?
MUJER
–Siento que me asfixio. Me siento mal.
PROMOTOR
(Tratando de abrir con las manos). –No, señor. Estoy tan asustado como ustedes.
Perder el trabajo sería lo de menos. Como es un ascensor de muestra no le
instalamos el aire acondicionado. Y ahora está cerrado herméticamente. Si no
nos abren de afuera, en dos horas nos quedamos sin aire.
HOMBRE
(Alterado toma a PROMOTOR del cuello) –¡Yo te mato hijo de puta!, ¡te juro que
te mato!
PROMOTOR
-¡Cortala, soltame, pará!
MUJER
–Dejalo, imbécil, dejalo que por fin se está haciendo justicia. Vas a morir
como una rata.
HOMBRE
(Suelta a PROMOTOR que queda arrodillado). –¿Qué decís atorranta? A vos te
tendría que matar así no consumís mi aire.
MUJER
–¡Mirá quién habla! ¡Vos me consumiste a mí!, ¡y me habías dicho que no volviste
con tu ex! (Se sofoca y marea. Se sostiene de la pared).
HOMBRE –¿Y a vos qué te importa si te di todo lo que querías? ¡A vos sólo te importan
mis cosas, no te importo yo!
PROMOTOR
(Llora de la impotencia) –Basta, basta, basta… Tengo mucho miedo de morir…
(Golpea la pared).
MUJER
–Si no me importases ¿vos te crees que hubiera hecho todo lo que hice?... ¿No
me decís nada? Además, no me podés dar lo que quiero porque no sabés lo que
quiero. Siempre me diste lo que vos creías que yo necesitaba. Nada más.
(La
luz de a poco disminuye su intensidad a la mitad).
PROMOTOR –¡Sáquennos de acá!, ¡me descompongo!
(Pausa
prolongada. Por momentos alguno de ellos golpea la pared sin expectativas de
ser escuchados. Al rato, otro recorre el lugar en silencio).
HOMBRE
(Mira fijamente a MUJER) –No sé cómo quererte. Nunca supe cómo amar. Me da
pánico que me amen.
MUJER
–Ya es muy tarde. Ya no vas a cambiar. Me das pena. Si salimos de esta, te juro
que no me ves más. Tenés todo y no tenés nada. (Pausa. Se quedan mirando de
frente entre los dos).
HOMBRE
–Ya lo sé. Y me hiere eso más que la muerte. Y no puedo hacer nada. No sé hacer
nada. De a poco se fue descascarando la careta que había construido con mucho esfuerzo por años. Ya no sé quién
soy. En realidad nunca lo supe.
MUJER
(Se acerca a HOMBRE, toma su hombro, y lentamente le da un beso en la mejilla).
–Me das pena, no te permitiste ser feliz. Te podría haber amado.
HOMBRE
(Se da vuelta, dándole la espalda. Apoya su cabeza en el ascensor).
PROMOTOR
(Levantándose y secándose los ojos) –Quién lo hubiera dicho. Estamos casi sin
aire y aún así no lo sabemos gastar bien.
HOMBRE
–No se ni tu nombre. Pero creo que te conozco. Sos el hijo que no tuve. El
amigo que no supe cultivar. Sos mi hermano menor a quien ignoré toda mi vida.
Con otra cara, pero con los mismos ojos.
MUJER
–A mí nunca me viste. Sólo te viste a vos. (Exhala un espasmo como de asma). Es
que nunca rompiste el espejo que anteponías ante las personas. Aunque hayas vivido
trescientos años, jamás ibas a poder amar. (Se deja caer lentamente hasta
ponerse en cuclillas. Promotor se arrodilla para acariciarle la espalda
suavemente).
HOMBRE
–Es una locura todo esto. Siempre viví solo. Siempre pensé sólo en mí. Y el
momento más solitario, el de la muerte, me tiene compartiendo el ataúd. Ironías
de la muerte.
PROMOTOR
(A MUJER, mientras la sigue acariciando) –No lo tomes a mal, pero acariciarte
me calma a mí. Esto hacía mi mamá cuando no podía dormir. Y me canturreaba… La
extraño mucho…
MUJER
-¿Cómo te canturreaba?, ¿así? (tararea despacio durante un rato una canción de
cuna, mientras PROMOTOR sigue hablando).
PROMOTOR
–Sí… creo que era esa misma canción. Y después me dormía… y soñaba que no
existía el dolor… y hacía una muesca como una sonrisa imperceptible. Y todo era
paz.
MUJER
(Continúa tarareando la canción).
HOMBRE
–No recuerdo esa canción. (Se sienta y deja caer su cabeza hacia adelante).
(MUJER
sigue canturreando. La luz lentamente se apaga por completo).
PROMOTOR
–Víctor. Me llamo Víctor.
(MUJER
deja de tararear por la mitad de la canción).
Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com
TRES MESES TRES
Pasaron tres meses desde que abrí este espacio para compartir mis textos.
Números:
- 3 meses
- 60 artículos
- 8.000 visitas
Letras:
- mirar el retazo de la realidad que me circunda, transformarla, crear una realidad de ficción.
- escribir archivos de texto, o notas en un cuaderno.
- revisar el texto, editarlo y publicarlo.
- convivir con la insatisfacción de saber que cada texto compartido, aún dista de ser el mejor texto que pueda escribir.
- reincidir.
- ante mi reincidencia en escribir, pude provocar en otros la reincidencia en leer, conservando la tenue esperanza de que ese texto tan deseado sea escrito y leído por ambos.
¡Gracias!
@ConiglioFabian
PRESENTACION DE TEXTOS
Con el taller literario que dirige el escritor Felipe Cervine hacemos una presentación de textos producidos por quienes integramos el mismo. Habrá músicos en vivo (coro del Complejo cultural, grupo Maymará, solistas) y exquisiteces para comer.
Lugar: Río Gallegos, Argentina
¡Gracias por difundir!
Publicado por Unknown en 21:47
Etiquetas: escritores, presentación, textos
OJOS QUE NO VEN
Rostros de cartón
Con sonrisas serias
Miran sin mirar
Riegan las arterias
En cada columna
Fingiéndote verte
Por las avenidas
Lucen atrayentes
No queda en el pueblo
Espacio desierto
Se hacen pasacalles,
Pintadas, folletos
Y siguen los ojos
Que miran la nada
No miran al pueblo
Sólo a su campaña
Posaron su esfinge
Siguiendo el consejo
De aquel publicista
Que creó el diseño
Desde hace semanas
Inundan veredas
Atraen, seducen,
Piden que los veas
Algunos se creen
Que miran la tele
Al ver los colores
De aquellos carteles
Muchos, sin embargo
Sabemos que muestran
Algunos, mentiras,
Otros, sus propuestas
Algo nada fácil
Se juega estos días
Votar con conciencia
Será la consigna
Autor: @ConiglioFabian
Publicado por Unknown en 13:12
Etiquetas: #votación2015, campaña, poesía, política
LA FAMA CONQUISTADA
Lisandro Achával López era un pésimo actor, si es que alguna
vez se lo pudo catalogar como tal.
No está mal que yo lo diga, aún teniendo en cuenta la
relación que me une ─me ata─ a él.
Por esos devenires fortuitos de la historia, como sin
querer, en los años cincuenta participó de una escuela de actuación dirigida
por el prestigioso capocómico Ulises Onofrio Linares. Él mismo supo decirle al
entonces joven Lisandro que, lo mejor que podía hacer en favor del noble arte
de la actuación, era dejarlo en paz y alejarse lo más posible de él.
Lejos de amilanarse por ello, tomó el consejo de Linares ─que
más bien fue una orden taxativa─ y replicó el desafío por convertirse en un
actor de ley. A pesar de la inicial negativa para regresar a la escuela de don
Ulises Linares, logró que lo dejaran participar como oyente, pero sin la mínima
posibilidad de intervenir siquiera en una improvisación.
Don Lisandro no actuaba mal porque carecía de una técnica
adecuada, o porque le faltaba pulir algún aspecto de su gestualidad. A decir de
los críticos de la época ─cuando se dignaban derrochar dos líneas para defenestrarlo─
Achával López, no era mal actor porque básicamente no era actor, sino más bien
un pobre imbécil que usaba el teatro como terapia ocupacional. Hubo en esa
época una manifestación multitudinaria de Actores Agremiados que se sentían
denigrados por la trascendencia que se le daba a la malísima imagen con la que
dejaba Lisandro parada a la actuación.
Lo que Lisandro no tuvo de talento, lo suplió por
persistencia. Era tan inexistente la primera, como esforzada la segunda. Eso lo
llevó en 1958 a hacer de árbol en “Sueño de una noche de verano”, rol con el
que se ufanó durante años, diciendo entre su escaso círculo social hasta el
cansancio “me convocaron para interpretar Shakespeare”. El escenógrafo de dicha
puesta, Emiliano Cárdenas, supo recordar la escena en que Lisandro, a fuerza de
gritos desaforados, arrancó la aprobación del director Luzuriaga (hombre lúcido
para las tablas, pero pusilánime para imponerse) y logró quedarse en las
escenas del bosque, entubado en un árbol de utilería, ante el enfado de todo el
elenco. Al poco tiempo del estreno, esta mala decisión llevó a la renuncia de
Luzuriaga, no tanto por el linchamiento que le propinaron los actores, sino por
la pesadez que significó someterse a la perorata de Lisandro después de cada
función para que le haga una devolución sobre su papel.
Un día de invierno de 1967 llegaron a la escuela de Don
Linares un productor con uno de sus asistentes, con la intención de ofrecerles
a los alumnos más avanzados, papeles de actores de reparto. Don Ulises Linares
seleccionó los legajos de quienes había elegido, con tan mala suerte que se
traspapeló entre ellos el legajo de Lisandro Achával López.
Si alguien tiene la oportunidad de hacerse de una copia
de la olvidable película “Locuras de un semental”, dirigida por Anastasio
Ugarte en 1968, podrá advertir que en el minuto 42, ante la llegada de
Ulrico ─el protagonista, que si no fuera
por haberse suicidado tres años más tarde, de igual manera no hubiese incidido
en la filmografía nacional─ entrando al café Central, es atropellado por un
mozo, ocasionándole caer de espaldas y reaccionar como una cabra. Para su mal,
esta escena no fue repetida porque, a decir del propio Ugarte, aquella fue la
única escena en donde Ulrico se asomó a la verosimilitud. ¿Hace falta agregar
que el mozo en cuestión no era otro que nuestro antihéroe?
Lo que ocurrió después, ya todo el mundo lo conoce. No
obstante, sucintamente lo relataré ante la posible presencia de algún lector
desprevenido. Meses atrás, Mac Dillow famoso “youtuber” británico subió a la
red global el fragmento en el que Lisandro Achával López expone su mejor cara
de imbécil en aquel perdido fragmento de la película de 1968, en donde, al
intentar ayudar a levantar a Ulrico, le lanza el plato de sopa, a la voz de “No
sabía que estaba líquida”. Se viralizó de tal manera el fragmento, que Mac
Dillow logró romper el récord de mayor
cantidad de visitas, y la Fox comenzó a desarrollar una seguidilla de gags,
como el reciente de Billy Cristal parodiando al mozo, o el corto de animación “Un mozo en la sopa”, aquel donde en un
restorán de moscas, una de ellas llama enojada al mozo mosca diciendo que hay
un mozo en su sopa, a la vez que se muestra al hombrecito con la cara de
Lisandro Achával López nadando en el brebaje.
No se hicieron esperar los consabidos artículos de
merchandising, agotados, repuestos y agotados que hoy atestan los portales de ventas online, las calles y pantallas.
Como verán, el mundo globalizado, hizo ─al menos para mi provecho─
del infortunio una ganancia. Aún recuerdo a mi padre, en su lecho de muerte,
pidiéndome perdón por dejarme como herencia, deudas y pobreza.
Bueno, los dejo porque tengo que cerrar un contrato que
sin dudas me duplicará las regalías.
Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com
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