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PRESENTACION DE TEXTOS

Con el taller literario que dirige el escritor Felipe Cervine hacemos una presentación de textos producidos por quienes integramos el mismo. Habrá músicos en vivo (coro del Complejo cultural, grupo Maymará, solistas) y exquisiteces para comer.

Lugar: Río Gallegos, Argentina
¡Gracias por difundir!

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OJOS QUE NO VEN


Rostros de cartón
Con sonrisas serias
Miran sin mirar
Riegan las arterias

En cada columna
Fingiéndote verte
Por las avenidas
Lucen atrayentes

No queda en el pueblo
Espacio desierto
Se hacen pasacalles,
Pintadas, folletos

Y siguen los ojos
Que miran la nada
No miran al pueblo
Sólo a su campaña

Posaron su esfinge
Siguiendo el consejo
De aquel publicista
Que creó el diseño

Desde hace semanas
Inundan veredas
Atraen, seducen,
Piden que los veas

Algunos se creen
Que miran la tele
Al ver los colores
De aquellos carteles

Muchos, sin embargo
Sabemos que muestran
Algunos, mentiras,
Otros, sus propuestas

Algo nada fácil
Se juega estos días
Votar con conciencia
Será la consigna

Autor: @ConiglioFabian


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LA FAMA CONQUISTADA

Lisandro Achával López era un pésimo actor, si es que alguna vez se lo pudo catalogar como tal.
No está mal que yo lo diga, aún teniendo en cuenta la relación que me une ─me ata─ a él.
Por esos devenires fortuitos de la historia, como sin querer, en los años cincuenta participó de una escuela de actuación dirigida por el prestigioso capocómico Ulises Onofrio Linares. Él mismo supo decirle al entonces joven Lisandro que, lo mejor que podía hacer en favor del noble arte de la actuación, era dejarlo en paz y alejarse lo más posible de él.
Lejos de amilanarse por ello, tomó el consejo de Linares ─que más bien fue una orden taxativa─ y replicó el desafío por convertirse en un actor de ley. A pesar de la inicial negativa para regresar a la escuela de don Ulises Linares, logró que lo dejaran participar como oyente, pero sin la mínima posibilidad de intervenir siquiera en una improvisación.

Don Lisandro no actuaba mal porque carecía de una técnica adecuada, o porque le faltaba pulir algún aspecto de su gestualidad. A decir de los críticos de la época ─cuando se dignaban derrochar dos líneas para defenestrarlo─ Achával López, no era mal actor porque básicamente no era actor, sino más bien un pobre imbécil que usaba el teatro como terapia ocupacional. Hubo en esa época una manifestación multitudinaria de Actores Agremiados que se sentían denigrados por la trascendencia que se le daba a la malísima imagen con la que dejaba Lisandro parada a la actuación.
Lo que Lisandro no tuvo de talento, lo suplió por persistencia. Era tan inexistente la primera, como esforzada la segunda. Eso lo llevó en 1958 a hacer de árbol en “Sueño de una noche de verano”, rol con el que se ufanó durante años, diciendo entre su escaso círculo social hasta el cansancio “me convocaron para interpretar Shakespeare”. El escenógrafo de dicha puesta, Emiliano Cárdenas, supo recordar la escena en que Lisandro, a fuerza de gritos desaforados, arrancó la aprobación del director Luzuriaga (hombre lúcido para las tablas, pero pusilánime para imponerse) y logró quedarse en las escenas del bosque, entubado en un árbol de utilería, ante el enfado de todo el elenco. Al poco tiempo del estreno, esta mala decisión llevó a la renuncia de Luzuriaga, no tanto por el linchamiento que le propinaron los actores, sino por la pesadez que significó someterse a la perorata de Lisandro después de cada función para que le haga una devolución sobre su papel.
Un día de invierno de 1967 llegaron a la escuela de Don Linares un productor con uno de sus asistentes, con la intención de ofrecerles a los alumnos más avanzados, papeles de actores de reparto. Don Ulises Linares seleccionó los legajos de quienes había elegido, con tan mala suerte que se traspapeló entre ellos el legajo de Lisandro Achával López.
Si alguien tiene la oportunidad de hacerse de una copia de la olvidable película “Locuras de un semental”, dirigida por Anastasio Ugarte en 1968, podrá advertir que en el minuto 42, ante la llegada de Ulrico  ─el protagonista, que si no fuera por haberse suicidado tres años más tarde, de igual manera no hubiese incidido en la filmografía nacional─ entrando al café Central, es atropellado por un mozo, ocasionándole caer de espaldas y reaccionar como una cabra. Para su mal, esta escena no fue repetida porque, a decir del propio Ugarte, aquella fue la única escena en donde Ulrico se asomó a la verosimilitud. ¿Hace falta agregar que el mozo en cuestión no era otro que nuestro antihéroe?
Lo que ocurrió después, ya todo el mundo lo conoce. No obstante, sucintamente lo relataré ante la posible presencia de algún lector desprevenido. Meses atrás, Mac Dillow famoso “youtuber” británico subió a la red global el fragmento en el que Lisandro Achával López expone su mejor cara de imbécil en aquel perdido fragmento de la película de 1968, en donde, al intentar ayudar a levantar a Ulrico, le lanza el plato de sopa, a la voz de “No sabía que estaba líquida”. Se viralizó de tal manera el fragmento, que Mac Dillow  logró romper el récord de mayor cantidad de visitas, y la Fox comenzó a desarrollar una seguidilla de gags, como el reciente de Billy Cristal parodiando al mozo, o el corto de animación  “Un mozo en la sopa”, aquel donde en un restorán de moscas, una de ellas llama enojada al mozo mosca diciendo que hay un mozo en su sopa, a la vez que se muestra al hombrecito con la cara de Lisandro Achával López nadando en el brebaje.
No se hicieron esperar los consabidos artículos de merchandising, agotados, repuestos y agotados que hoy atestan los  portales de ventas online, las calles y pantallas.

Como verán, el mundo globalizado, hizo ─al menos para mi provecho─ del infortunio una ganancia. Aún recuerdo a mi padre, en su lecho de muerte, pidiéndome perdón por dejarme como herencia, deudas y pobreza.

Bueno, los dejo porque tengo que cerrar un contrato que sin dudas me duplicará las regalías.

Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com


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EMANACIONES

Algunos suelen tener dificultades para dormir, otros, astigmatismo, otros desafinan demasiado.
El caso de Emmanuel se complicó porque no hacía nada para neutralizar o mitigar su problema. Desafinar en tu casa está permitido, pero querer liderar un conjunto de cumbia, agrava el síntoma.
La desafinación no era la dificultad que acompañaba a Emmanuel. Lo era la hiperhidrosis, o sea, la  excesiva sudoración. En su caso, la falta de aseo y cambio de ropa, le producía un constante olor emanado sobre todo por las axilas.
Emmanuel era un adolescente tardío cuando lo conocimos. Compartíamos con él una actividad que prefiero no mencionar para no develar su verdadera identidad. La experiencia de no poder hablar cerca suyo, debido a que dicha actividad nos implicaría respirar, no era lo más terrible. Lo peor era imaginar su olor nauseabundo cuando se rascaba la cabeza grasosa. Sólo eso nos descomponía. Porque bastaba con olerlo la primera vez para quedar impregnado en la memoria.
Como a nosotros, lo mismo le había ocurrido a todos los que en algún momento se habían tenido que relacionar con él.
Ya joven, lo volvimos a encontrar, claramente desmejorado. Era imposible, aún en un espacio abierto, no taparse la nariz para evitar dar arcadas.
Un tío suyo, quien tiempo después vino a mi negocio, me comentó que su sobrino era sereno y trabajador, pero cuando alguien de la familia le indicaba que se debía bañar, se transformaba en una fiera, y durante semanas se encerraba en su pieza.
Cuando por fin salía, su madre ventilaba y limpiaba el cuarto, pero esto también lo ponía de mal humor, por lo tanto, hacía rato que nadie entraba a esa curva. Cada vez que abría la puerta, al olor rancio de su piel, se le agregaba la humedad y la putrefacción de ropa vieja, restos de comida y orín que fermentaba allí adentro.
Trabajaba en el mercado central. Aunque su familia tenía solvencia económica, a él le hacía bien salir de su casa, aunque nadie se le acercaba. Algunos verduleros, evitaban comprar cajones de frutas que había descargado Emmanuel, porque decían que el olor los acompañaba hasta su negocio, provocando la baja en las ventas del día o algún que otro vómito a limpiar entre las verduras que ofrecían. Otros, más benévolos, no se fijaban en eso y limpiaban con cuidado los cajones con líquidos especiales.
El hedor ácido era tan fuerte que no se podía entender de qué manera Emmanuel anulaba su olfato para convivir consigo mismo. El barrio entero ya sabía cómo sortear su contacto, y era común ver a padres responsables cruzar a media cuadra la calle para proteger a sus hijos de convulsiones gástricas.  Así, más de uno justificó arriesgar a su prole a accidentes de tránsito.
Pero, grande fue nuestro asombro cuando de un día al otro, lo vimos a Emmanuel del brazo de una chica. Una joven generosa en carnes, y con una amplia sonrisa que provocaba carcajadas de sólo verla. Algunos decían que era una antigua compañera de la infancia, que se había ido a vivir con sus tíos no lejos de aquí. De todas formas, pensamos que en este caso el amor no padecía de ceguera, pero sí de anosmia.
Desde allí era común ver a la pareja feliz caminar por el muelle, sentarse en el pasto de la plazoleta Soler, tomar un helado o simplemente charlar y reír.
Como otras especies animales, que usan su olor para espantar, otras lo hacen para seducir.  En Emmanuel parecían haberse fusionado ambos objetivos.
Se nos había hecho tan natural ver a lo lejos a Emmanuel adosado a su olor y a su novia, que no nos asombró enterarnos que el sábado se iba a celebrar la boda en la capilla del barrio.
Fuimos, ya que no había otra distracción ese día. Nunca habíamos visto a Emmanuel así presentado: bien vestido, peinado, bañado y liberado de su disfraz de zorrino muerto. Por el contrario, se lo veía feliz, esperando frente al altar a su amada. Sus padres, que tanto habían sufrido por él, hoy suspiraban de alegría y consuelo.
De pronto, la grabación del órgano indicó que por la puerta central se acercaría la novia. El padrino, escoltándola, saludaba silencioso con un minúsculo ademán de su cabeza, mientras ingresaba en cámara lenta.

Al llegar al altar, la novia se detuvo frente a Emmanuel y lo miró con detención. Dejó de sonar el órgano y, tras un segundo interminable de silencio, la pobre muchacha salió corriendo hacia afuera, ventilándonos con la cola de su vestido, el exquisito perfume que Emmanuel portaba.

Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com



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LA OTRA PLACENTA

Mi problema no es con el tiempo. Tengo de sobra. Lo que no logro conquistar desde mis cuatro años, es el espacio.
Un gentil plástico celeste, traspasado  por el sol de una tarde de verano, se hizo ataúd.
Fue como ganarme la posibilidad de ser nadador dentro de otra placenta. Aunque a esa edad uno no hace planes, lo que menos me imaginaba era que desde ese día cambiaría mi vida.
Mi madre se lo pregunta todas las mañanas. Yo ya lo tengo asumido. Ella no entiende que al congelarse mi reloj, le gané la batalla a la decrepitud, esa que ella está perdiendo. Hoy el tiempo es mi aliado.
Mi primer trauma debe haber sido el día que fijé mi fecha de cumpleaños. Y el último trauma, sin dudas, fue el de esa tarde de marzo.
¿Cómo se prepara uno para un momento como ese? Pensándolo a la distancia, creo que no se lo puede prever. Por ejemplo, mi hermana. Ella tenía un año. ¿Como le explico a una nena de un año lo que va a ocurrir? Hoy ya lo superó, es una mujer hecha y derecha. Aunque sé que me extraña, yo la visito casi todos los días. Creo haber estado en los momentos más importantes de su vida. Y ella lo sabe. Pero a una nena de un año es imposible.
Esa tarde el sol calentaba de una manera especial. El patio trasero era nuestro mundo. Habíamos estado jugando toda la mañana. Mi hermana me seguía entre los arbustos del fondo. Mi papá había cosechado algo de la huertita. Era un patio enorme. El tejido que nos dividía con el vecino de atrás estaba encarnado en un paraíso majestuoso. Había además una higuera y un damasco. A la izquierda, tomates, zanahorias, acelga, lechuga, bien no me acuerdo. Ahora parece un baldío. Lo alquilamos. Mi familia se mudó.
A mis cuatro años no teníamos ducha. Hoy suelo jugar a ver cómo me traspasa esa lluvia artificial de cualquier baño. Esa tarde, poco después de almorzar, volvimos al patio con mi hermana para seguir jugando. Reía porque ella quería ir a toda costa a jugar con el barro de los surcos de la huerta. Mi mamá le explicaba con paciencia que no podía ir allí porque se iba a ensuciar. Era lo que precisamente ella quería hacer. Al rato veo que mi mamá saca al patio el fuentón grande, el celeste. Con la manguera lo carga un poco y después vuelve con la pava humeante. Descarga todo su contenido en la enorme palangana y mientras mezcla el agua comprobando su temperatura, me llama para bañarme.
Que yo recuerde, siempre tuve calambres. Una vez me llevaron al doctor porque jugando, me había quedado la cara pegada al hombro. Me asusté al quedar con la cabeza torcida. No recuerdo qué me hicieron esa vez, pero al día siguiente ya me podía mover como siempre.
Mientras me bañaba en el patio, mi hermana quería jugar con el agua. Mi mamá la retaba porque se iba a salpicar su ropa. El fuentón era celeste y enorme. El sol hacía brillar el agua como si ella tuviese luz propia. Jugué a esconderme para que mi hermana riera. Me sumergía y aguantaba todo lo que podía. A veces aguantaba más, pero levantaba la cabeza cuando a trasluz del plástico veía acercarse a mi hermanita, para que no ser moje, pensaba.
El calambre me vino cuando mi mamá entró a buscar la ropa limpia.
Me sumergí de nuevo, pero esa vez no pude levantarme. La silueta de mi hermana oscureciendo la pantalla celeste, fue la última imagen impregnada en mis retinas.


No tengo problemas con el tiempo, al contrario,  conservo aún la frescura de niño. Lo único que no pude resolver hasta hoy es la soledad de no poder encajar en el espacio.

Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com 


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LOS VIAJES DE ISMAEL


Ismael no era de esas personas fáciles de olvidar. Alto, colorado y lampiño. De dientes desprolijos y amarillos de tabaco, que salpicaban convincentes cuando defendía alguna postura política. Mordía las palabras de tal forma que las sílabas sangraban de convicción.
Su saco marrón no tenía edad ni modas, al igual que su rostro aniñado y añejo.
Solía frecuentar bares que parecían tugurios, desde los cuales se engendraban teorías neo-marxistas o poesías desgarradoras de pasión.
Las vénulas de sus ojos se henchían en el fragor de las discusiones trasnochadas y las cejas anárquicas acompañaban los tamborileos de su puño derecho golpeando la mesa.
Hacía rato que no aparecía por “El Viejo Fuelle”, el lugar de encuentro de los exiliados europeos de la última guerra. Nadie supo cuántas horas se necesitaban para poder exorcizar la masacre, así que le dedicaban noches enteras a contar experiencias de bombas, muertes y exterminio. Los más viejos iban muriendo, como si eso fuera lo que cerraba sus heridas de guerra.
Su ausencia llevaba más de un año. Es que Ismael era así. Desaparecía de sus circuitos habituales, construyendo nuevos vínculos y lugares. Luego de un tiempo, cuando podía, retomaba a sus viejos espineles, poblado de nuevas ideas. Era bueno para irse. Pero le costaba horrores regresar. Por eso casi nunca lo hacía.
Lisandro, el dueño y mecenas de “El Viejo Fuelle”, se sorprendió al girar de su silla habitual y ver ingresar después de tanto tiempo al viejo lobo de mar, con sus colmillos afilados y cargando un pesado bolso. Todos los de la mesa se callaron sorprendidos.
Ismael se sentó como si nada. Mirando alrededor, sin mover un músculo facial, balbuceó:
─Aprendí a dibujar mandalas.



Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com

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SOCIEDAD ANÓNIMA


Vestuarios y maquillajes. Falta de actores.
Miro como a las sombras.
Luces artificiales tapando soles.
Juego con los muñecos, salen de sus cajas de zapatos. Hablan en otro idioma sin aforismos. Dicen cosas pensadas por guionistas. Los más humanos apenas hablan. Creo que tienen miedo a ser oídos. Que alguien descubra que hacen palabras. Que en silencio las alimentan, las enriquecen con nuevos sentidos. Por eso callan.
Pero los otros, hablan sin pausa. No tienen tiempo de procesarla. Hablan con otros que les hablan. Hablan de que están hablando lo que otros hablan. Monólogos múltiples que no dicen nada.
Pero entre días y noches surgen preguntas. El que pospone respuestas tiene una chance. El que responde al instante no las responde.

Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com