LA CUENTA REGRESIVA
VIERNES,
3 AM
Eduardo dibujó una boca de labios planos y comisuras perfectas. No usó
pincel, sino una cuchilla de mango de marfil. La grabó en su brazo izquierdo,
junto a la muñeca.
Maldijo no haber ahorrado para una bañera. Sentado en el piso, bajo la
ducha, se dejó impregnar por el jugo carmesí que esa boca escupía. Los
sanitarios color té con leche, haciendo juego con el cerámico, no desentonaron
con las salpicaduras.
No había dolor. La presión comenzó a bajar y hasta esa sensación le
producía placer.
—Era mucho más fácil de lo que pensé. Tuve que hacer menos presión que
al cortar una milanesa. Sólo fue dejar correr el filo, ella lo va a saber
entender. Que no lo tome como algo personal. No soportaría morir sabiendo que
se va a quedar con la culpa de mi suicidio. Pude haberle dejado una nota. Ahora
ya es demasiado tarde.
Silenció sus pensamientos para permitirse contemplar las formas
caprichosas que crecían en el piso del baño. Comenzó a morir como durmiendo.
JUEVES, 7.43 AM
Los pocos minutos que
Eduardo quedó sin conocimiento fueron suficientes para que Karen, al escuchar
el impacto del coche en la esquina de su casa, se haya acercado. Lo acompañó
mientras llegaba la ambulancia. Sus manos, frías por el shock, fueron arropadas
por las manos de Karen, que lo miraba en silencio.
―Quédese tranquilo
amigo, está todo bien. Lo vamos a llevar al hospital para unos estudios. Por el
auto no se preocupe, acá está su mujer que se encarga de todo. ―El paramédico
le colocó un cuello ortopédico y con cuidado lo ayudó a bajar del auto.
Él miró extrañado la
escena mientras era subido a la camilla.
De camino al hospital
consiguió llamar a su esposa, con la que se encontró en la sala de emergencias.
Le hicieron los
estudios de rutina. Con los resultados positivos, a la tarde fue dado de alta,
con la prescripción de tomarse dos días de reposo.
JUEVES, 8.14 PM
Silvia, su esposa, le
ayudó a sentarse en la cama para traerle la cena. Él sintió el hambre de no
haber comido nada sólido desde la mañana. Al terminar, Silvia le dijo:
― ¿Estás mejor? En
estos casos no sé muy bien cómo actuar. Fui al seguro. Me pidió presupuestos del
arreglo. Así que mientras dormías busqué en tus contactos y llamé a uno que
decía “mecánico”.
Un frío corrió por la
espalda de él, como quien se sabe descubierto. Es que el énfasis que Silvia
puso en este dato le mostraba a las claras que en la llamada habría detectado
el engaño.
El silencio aturdió
más que un grito. Ella le acercó una mandarina, mientras se le escapaba una
lágrima, que fue absorbida por la sábana.
―Hasta mañana ―le dijo
Eduardo, horas más tardes. Ella se fue a acostar a la pieza contigua. Y él
trató de dormir pensando qué estaba ocurriendo.
JUEVES, 6.24 AM
Eduardo se despertó sobresaltado,
palmeándose la mejilla. No era un insecto. Era Silvia que le deslizaba un
pañuelo por la cara.
―Dale mi amor, te quedaste
dormido. ¡Vamos que entro a las siete!
Confundido por lo
sucedido, él de inmediato interpretó que las escenas anteriores habrían sido un horrendo sueño.
―Ahí voy, cielo. En
cinco minutos estoy. Total, desayuno en el trabajo.
En el trayecto,
Silvia le detallaba cómo habían ido vestidas anoche sus amigas al cumpleaños de
Sofía. Él, amaestrado en la ciencia de hacer dos cosas a la vez, asentía y
sonreía cada tanto, mientras rememoraba cómo había sido su noche anterior.
―Te llamo si hoy
trabajo de corrido. Siendo fin de mes, es lo más probable. Chau mi rey.
Cuidate. ―Le tiró un beso mudo, cerró la puerta del coche y entró al trabajo.
―Silvia es tan dulce
que no merece que le juegue sucio. Por otro lado, creo que esto pasa en todas
las parejas. A veces hay distanciamientos que ayudan a reforzar los vínculos. Y
estamos distantes, aunque ella no se haya dado cuenta.
Tomó mecánicamente
por el mismo recorrido de siempre. Del trabajo de su esposa al negocio donde
trabajaba. Le quedaba una hora para que abran. Dobló por Liniers. Era más
fuerte que él. ―Tomo un café con Karen y voy al trabajo ―pensó sin
creérselo.
Como toda amante,
Karen encarnaba el ideal de mujer. Pasional, siempre dispuesta y bien
perfumada. Hacía tres meses que se había hecho hábito su visita. De siete a
ocho de la mañana era el tiempo de ellos. Hacían de todo. Incluso tomar café.
Sus palpitaciones
crecían a medida que llegaba a Liniers al 1200. Y en su cabeza le brotaban
resacas de pasión de la noche anterior, mientras su mujer había salido con sus
amigas. Imposible hacer tres cosas a la vez. No vio el semáforo. El cinturón lo
amortiguó del golpe de la camioneta que abolló su puerta. Sin embargo, el
latigazo dobló su cuello dejándolo inconsciente.
JUEVES, 2.47 AM
La tenue luz de una
lámpara de la cómoda lo despertó, recordándole que debía volver a su casa. La
agonía del último orgasmo lo había dejado exhausto. Y se había desfallecido
enredado entre las piernas de Karen.
―Van a ser las tres
de la madrugada. Me tengo que ir.
―¡No, no te vayas!
―Karen simulaba que él era lo único que
le importaba. Formaba parte del juego. Sólo que él se lo creía.
Le sonrió y la abrazó
con ternura. Ella se le acurrucó, se besaron y se despidieron.
Mientras abría la
puerta de su casa, se tranquilizó al notar que su esposa aún no había regresado
del cumpleaños. Se bañó para desprender de su piel los vestigios de la pasión.
Al rato que se acostó, sintió llegar a su mujer. Estaba tan cansado, que se
durmió antes que ella entre al cuarto.
Quizás, sin advertir
que ya no estaba a tiempo de cambiar el desenlace de esta historia.
Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com
LA QUIETUD DE LAS COSAS
¿Cómo distinguir las noches y los días si ya no estás?
¿Cómo saber si es tarde o temprano, si hay que comer o dormir?
¿Por qué sin vos las horas quedan quietas?, ¿tenés un pacto secreto con el tiempo?
¿Qué hago para hacer de día las mañanas
o para acostar en cunas mis desvelos?
(¿Será que al no habitar mi techo otra palabra
las cosas quedan muertas?)
¿O tu voz ordena en un concierto las acciones de las cosas y las plantas?
¿Falta acaso un "hágase" divino que utilice la palabra de tus labios?
¿Cómo distinguir los veranos y los inviernos si te fuiste?
¿Quién preparaba las nevadas cada año, o destapaba algún conducto al fuerte viento?
¿Quién madrugaba al sol en el estío?, ¿eras vos quien lo escondía en el invierno?
¿Por qué todo a mi lado se ha detenido
y yo
sin vos
aquí
por poco muero?
Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com
fabianconiglio@gmail.com
Publicado por Unknown en 5:11
AGONIA EVITADA
En este barrio era muy
común que los estruendos de una balacera distraigan la paz de los vecinos.
Luchito, para los más
desprevenidos, era tan sólo un borracho, un vagabundo que podría ser una
amenaza para los niños que iban a la escuela. Pero para nosotros era un poeta
urbano.
Con su rostro de corteza
de árbol disimulaba sus emociones. Vívidas y ancestrales. Por eso, al no poder
cambiar sus gestos, deshidratados por el alcohol, plasmaba frases y máximas con
carbón o ladrillos en los muros de los baldíos.
Tal vez un reloj interno
lo movía para estar todos los días a las tres de la tarde en la puerta de
servicio del restorán Libertad. Como un rito o una cábala, a los pocos minutos
se abría esa puerta y un bachero le entregaba una bandeja plástica con el menú
del día y alguna que otra fruta.
Acto seguido, Luchito se
sentaba en el umbral de la zapatería contigua, que a esa hora estaba cerrada.
Le demandaba alrededor de media hora el rito del almuerzo, porque, aunque sus
manos se confundían entre carbonilla y tierra, colocaba su campera sobre las
faltas para imaginar el mantel de una familia compartiendo unas pastas en
domingo.
Terminada la comida, sin
levantarse de su aposento de burgués, tomaba un poco de aire y, sin apuro,
armaba un cigarrillo con la bolsa de tabaco que el kiosquero no le hacía
faltar. Salvo el contexto, no había nada que lo diferencie de la bocanada que Churchill emanaba con su cigarro importado. Seguramente allí, entre humos y
sol, le venían las ideas que plasmaría en las paredes abandonadas.
Alrededor de las cuatro de
la tarde, como quien no quiere la cosa, se levantaba, se colocaba la campera y
se iba a orinar entre los arbustos de la plazoleta de enfrente.
¿Presagios del destino?, ¿capacidades
premonitorias? No lo sabremos. Lo cierto es que ese día, justo ese día, el
ritual de Luchito se vio modificado.
A las 15.23 un pibe abordó
a una pareja de ancianos que salían del restorán Libertad. A ella le arrebató
la cartera y a él, amenazándolo con un arma, le pidió el reloj y la billetera.
El pibe, nervioso, apretó sin querer el gatillo. El estruendo alertó a la
gente. Por suerte el impacto no dio en los ancianos, sino que fue a parar a
diez centímetros de altura de la puerta de ingreso de la zapatería de al lado.
El pibe salió corriendo y los ancianos fueron atendidos por los vecinos.
Mirando el orificio que
dejó la bala, pensamos que, de haber estado Luchito le hubiese perforado la
ingle, provocándole una agonía que terminaría con su vida de seguro camino al
hospital o a las pocas horas.
A nadie le gustaría morir
así.
Al atardecer vimos en el
baldío de los Castro una nueva inscripción de Luchito que decía: “Cuando te
llega la hora no te pregunta dónde te encuentra”. Al lado, cerca de unos
arbustos, yacía Luchito que, mansamente había muerto por un infarto.
Autor: @ConiglioFabian
fabianconiglio@gmail.com
CÓMO SER UN CUENTISTA EXITOSO
Dado que he recibido innumerables
pedidos de mis lectores, procederé a develar algunas consideraciones fundamentales
para lograr el éxito en el arte de escribir cuentos.
Primero: leer con fruición
cuentos de un escritor reconocido. Esto puede demandar desde veinte minutos
hasta cuatro meses. Sugiero un término intermedio, por caso, dos días.
Segundo: dejar en maceración
interna dichos cuentos. Para eso es imprescindible dejarse llevar por sus lógicas,
los escenarios, las palabras, los recursos, los personajes, los ritmos.
Tercero: escribir un
cuento como si dicho autor en cuestión tratara de cambiar de estilo. Esto debe
hacerse, claro está, recurriendo a otros temas, a otros recursos y a otros puntos de vista. Lo que usted escriba
deberá ser igual o mejor que los escritos del autor elegido, ya que este, a
diferencia de usted, está dotado de renombre.
Cuarto: repetir los tres
pasos anteriores cambiando de escritor de referencia. La cantidad de autores, lógicamente,
dependerá del nivel al cual quiera llegar.
Quinto: dé a conocer sus
producciones sin humildad. En la medida que más se conozca su obra, a la par
que tendrá más detractores, gozará a su vez de lectores adictos que hagan de
usted un referente literario. Cuando sepa que escritores novatos lo han tomado
como modelo para seguir estos pasos, sabrá que se ha convertido en un escritor
exitoso. Si este método no le da resultado, como en mi caso, podrá inventar
otro o bien dedicarse a la crítica literaria.
Autor: @ConiglioFabian
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| Una palabra vale más que mil imágenes. |
EL HOMICIDA
―Domingo,
para cuándo la nota de la sentencia de la mujer degollada en la ría.
―De
eso le quería hablar. Como ya está la condena firme, quería hacerle una nota al
homicida. Si el diario quiere, claro. ―Aráoz, que siempre tuvo olfato
editorial, por primera vez elogió para sus adentros al periodista más insípido
de la redacción.
―Está
bien. Si consigo la autorización judicial lo mando al Bocha. Pero pasame para
hoy la nota de la condena.
―Si
no le molesta, me gustaría hacer yo mismo el reportaje al preso.
―Pero
vos sos bueno en sociales Domingo, con qué necesidad.
―Más
de veinte años escribiendo sobre bautismos, casamientos, cumpleaños y sepelios.
Creo que necesito adrenalina. Sólo eso.
Domingo
Olivetti era bueno en lo suyo. El recoveco formado entre dos archiveros le
servía de lugar de concentración, y sus paredes metálicas sostenían con
simpáticas formas imantadas, apuntes, manuscritos, teléfonos y fechas. Aunque
era uno de los más prolijos redactores, siempre le asignaban notas jurídicas y
sociales muy poco interesantes. Había sobrevivido a distintos jefes con la
constancia que sólo los hombres de bajo perfil tienen. Nunca había faltado al
trabajo, ni siquiera el día que nació su hija, hacía ya veintiún años. Sus
compañeros se habían enterado del nacimiento por una llamada que a los pocos
días había hecho quien entonces era su suegro. Por otro lado, lo que tenía de
obsesivo y meticuloso, lo tenía de pusilánime. Su madre, con quien había vuelto
a vivir desde que se divorció, le decía entre bromas:
―Minguito,
no entiendo cómo seguís en ese diario que chorrea sangre, siendo tan miedoso
como sos.
Al
igual que toda ciudad chica, Río Gallegos no se podía jactar, como las grandes
metrópolis, de tener sucesos macabros cada semana. Y este homicidio, ocurrido hace
ya cuatro años, era todo un estandarte de modernidad, del cual sus habitantes
hacían alarde con una morbosidad encubierta.
El
Bocha era el opuesto a Domingo. Con los vicios de Buenos Aires en la pluma,
escribía sin tapujos ni prejuicios, haciendo de una riña de borrachos, una
lucha armada con móviles políticos. Por un lado ya nadie en el pueblo le creía.
Pero si se debía hacer una nota con
malicia y pulsión, él era el indicado.
***
―Oficial, la encontramos.
Afirmativo, responde a las características. Debajo del puente roto en la ría.
Desnuda, con los pies y las manos atadas. Degollada. Oká. Ya despejamos.
La
mujer era la ex pareja de un diputado provincial. Si bien durante las primeras
semanas se especuló con los móviles de la venganza o el despecho, el funcionario
quedó desestimado de erróneas conjeturas al detener a Dino Ortellado, un
gasista que había estado haciendo días antes, unos arreglos en la casa de la
occisa.
Ya
habían pasado cuatro años del homicidio. Por fin se firmó la sentencia.
El
jefe de redacción le dijo a Domingo que había conseguido la autorización para
la entrevista. La haría el Bocha, pero podía acompañarlo. Siendo la mejor opción
que pudo abarajar, la tomó.
Ortellado
tenía antecedentes de golpeador. Oriundo de una provincia del noroeste
argentino, había llegado a la Patagonia para trabajar en una empresa que, en
temporada baja, lo despidió. Su señora, que extrañaba el aire libre y las
comidas abajo del árbol del patio, un día se volvió a su pueblo con sus hijos,
dos bolsos y hematomas en la espalda.
Dino,
después de un tiempo de abandonarse, retomó su oficio y en poco tiempo
alternaba las noches de copas con los trabajos temporarios en domicilios
particulares o pequeños comercios.
Accediendo
al expediente de la causa, Domingo supo que las pruebas fueron contundentes. Una
llamada anónima informó a la policía. Llegaron con la orden judicial, y al rato
el cuchillo con manchas de sangre de la víctima había sido encontrado en la
canaleta del techo del sospechoso.
Ya
en una piecita minúscula y mal iluminada, el Bocha y Domingo esperaron que
traigan al condenado. Aunque fue imposible conseguir que los dejen sin custodia,
se pudo hacer la entrevista sin dificultad. Un hombre robusto y gris, con el
rostro quebrado y sin emoción saludó sin levantar la mirada de la mesa. El
Bocha intentó sacarle la confesión del hecho y lograr la ruptura en llanto del
reo, que le permita escribir sobre las aberraciones humanas, la culpa y el
delito. Pero no fue así. Como un gran actor, Ortellado, con un halo místico le
habló de sus hijos a quienes extrañaba, de la vida en la alcaidía y de Dios y
sus designios.
Domingo
no emitió palabra y, como un hipnotizador, horadó con su vista a Ortellado todo
el tiempo que duró la nota.
―Dios
escribe derecho entre renglones torcidos ―dijo el preso para concluir la
charla. Y el Bocha casi llegó a creerle. Al salir, ya respirando el aire helado
de la calle, invitó a Domingo un café en el centro.
Aunque sí fue el más resonante, no fue éste el
único homicidio que cometió con indescriptible detallismo Domingo, con el objeto
de darle más adrenalina a su vida. Sólo eso.Autor: @ConiglioFabian
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| La angustia de saberse ave y no poder volar. |
LA COLONIA
Sir Lumber Hopkins pertenecía
a una casta influyente del reinado de Bartos. Poco podemos decir de su
infancia, ya que al imaginarnos la de cualquier cortesano, habremos descrito la
de él. Lo llamativo de su historia, que me inspira a relatarla, fue que,
torciendo un destino predecible, se encaminó a imponer un nuevo orden de
valores impensados para su época.
A pocos días de concluir
el año 1286, el joven Lumber, descubrió que en un pasadizo secreto de su casa
paterna ―aquellos que algunas familias disponían entre sus arquitecturas para
protegerse de invasiones o catástrofes― había en un cofre, un libro manuscrito
titulado “De las memorias de Fidelius Hopkins, cortesano del reinado de Bartos
y de cómo dominar a los prójimos”. Dicho volumen estaba firmado por su joven
hermano, Fidelius.
Leyó el libro hasta concluirlo
a la madrugada. Con los ojos llorosos por los humos del candelero, ciñó el
libro a su cinturón, por debajo de la pechera y, sin ser visto, se escabulló
por el huerto trasero, dejando para siempre el hogar que lo había visto nacer.
Quizás su lectura aceleró la decisión que, tarde o temprano, iba a tomar.
A escasas leguas de Bartos
se había establecido una colonia de labriegos que despertaba sospechas. Algunos
trascendidos referían que eran protagonistas de prácticas poco habituales.
Aunque le dedicaban gran parte del día al trabajo de la tierra, al caer el sol,
―al decir de las malas lenguas― se reunían en asamblea para actuar unos ritos
que no distaban en nada de la hechicería. De todas formas, ningún ciudadano de
Bartos había participado y, cuando algún grupo de labriegos de la colonia caía
a la feria del reino, siempre se habían mostrado afables. Lo que tenían de
gentiles lo tenían de herméticos, ya que ante las preguntas indiscretas que
recibían, sólo se limitaban a responder con generalidades que no aportaban
datos mayores.
Lumber llegó a la colonia
junto con el alba. Entrando al caserío vio una minúscula línea de humo que
serpenteaba desde los leños ya apagados. Alrededor del fogón agonizante yacía
una veintena de hombres dormidos que hedían alcohol de frutos fermentados.
―Has tardado más de la
cuenta ―le espetó una anciana. Dicho esto, con un ademán lo invitó a entrar en
su choza.
La vieja hizo unos
conjuros extraños de ceniza, saliva y hojas secas delante del joven. Soplándole
su aliento de alcohol, concluyó:
―Ahora sólo falta el otro.
Sin pedir muchas
explicaciones, Lumber se adecuó en los siguientes días a las tareas de la
colonia. En ella se sentía ubicado. Nadie le había preguntado quién era ni de
dónde venía porque, a decir de ellos, “cada uno tiene sus motivos para estar
allí”. Sus días, durante dos inviernos, consistieron en recolectar tres clases
de frutos: uno similar a las moras, pero anaranjadas; otro como granadas más
ovaladas y por último, una especie de grosellas. Otros recibían sus cosechas y
las maceraban en cántaros diferenciados. Al atardecer recitaban cantos
tántricos mientras los más fuertes traían troncos pesados dispuestos para la
hoguera. Ya de noche, espantaban la oscuridad con los chispazos de fuego
abrazador, mientras otros empalaban pequeños mamíferos como perros o hienas que,
ya cuereados se cocinaban a la estaca. Recién ahí se terminaban los cantos que
eran como letanías improvisadas por los
músicos de la aldea.
Los trozos de carne
empezaban a pasarse de mano en mano. Las mujeres traían verduras en fuentes de
barro que también se compartían. Sentados alrededor de la fogata, entre risas y
cantos tomaban los brebajes etílicos mientras terminaban de comer.
Cada día se designaba un
hombre para que, parado delante de todos, dirija la ceremonia. En ese instante,
las risas desaparecían y un enorme sonido de diapasón humano pronunciando la
eme, servía de colchón para que el hombre, en trance, con sus brazos en alto
empiece a balbucear hasta articular una palabra. Esa palabra era la clave para
que, acto seguido, de a uno, todos contaran al auditorio una historia.
―Viento.
―Cuentan los abetos
centenarios que antes que el hombre exista, el viento dominaba, como un
espíritu. Cuando no soplaba era el momento en el que estaba amasando los
embriones de los seres que aparecerían. Cuando rugía, haciendo silbar las ramas
más altas, era cuando esparcía las semillas de vida que germinaban por la
tierra.
―Dolor.
―Mis abuelos, que están
enterrados atrás de nuestra choza, se nos presentan cada vez que los invocamos.
Ellos nos cuentan que su mejor maestro fue el dolor. Cuando mi abuela estaba
por dar a luz a mi tía Luana, una infección la dejó sin poder moverse.
Así, cada noche, el guía
de turno, inspirado por la energía de la asamblea, descubría la palabra que
debía ser transformada en relatos. Al oírlos, los hombres expresaban con sus
cuerpos y con sus ojos entrecerrados, los más dispares sentimientos. Algunos se
paraban y danzaban en el lugar, otros reían y tantos otros lloraban. Aquel
aquelarre de historias, influía de tal forma a sus miembros que los enfermos
sanaban y no había entre ellos depresiones ni odios.
Lumber al comienzo no se
destacaba por sus relatos. Pero al pasar las estaciones y al desteñirse su pelo,
fue uno de los que transmitía mejor aquello que la colonia debía escuchar.
Cada vez que le tocaba
dirigir la asamblea nocturna, su trance se caracterizaba por una amplia sonrisa
de libertad. Siempre sus palabras eran alegres, frescas.
―Miel.
―Luz.
―Nacimiento.
Pero aquella noche, la
última, su palabra fue “Cautiverio”.
Dicho esto, de entre la
espesura del bosque, el crujir de ramas secas alertó a la colonia. Había
llegado “el otro”. Ese que la anciana, hacía unos años, había vaticinado.
Lumber, salió de su
trance. Se alegró al ver la visita imprevista. Se acercó para estrecharlo en un
abrazo.
―Fidelius.
En ese encuentro, el otro
hundió una daga en el pecho de Lumber. De un grito ordenó que un pelotón que lo
seguía aprese a toda la aldea.
Lamber, tendido cerca de
la hoguera, repetía “cautiverio… cautiverio”. De a poco volvió la sonrisa a su
rostro.
―Libertad ―dijo. Y murió.
Todavía no les dije quién
soy.
Si no adivinan se los
diré. Soy uno de los hombres de la colonia que, inspirado por el aire de la
noche, las frutas fermentadas y la palabra del guía, les cuenta esta historia
antes de dormir.
Autor: @ConiglioFabian
![]() |
| Pasar al bronce. Honor y castigo. |
EL VIENTO
Todo
pasó muy fugazmente. Como el viento. Y algo se trajo consigo. Eso que sólo
puede traer el viento.
I
Cuando
los vecinos llamaron a la policía, ya era una verdad a gritos en el Barrio
Nueva Esperanza: Don Espíndola estaba muerto. Tres indicios así lo
semblanteaban: las palomas que delante de su casa esperaron por cuatro días las
infaltables lloviznas de maíz que finalmente faltaron; un presagio de muerte que
entre risas y sorna comentó Espíndola la semana pasada en el almacén de don
Cuevas; y el aullido parco y agudo de “Cometa”, su perro faldero, que velaba el
blanco reposo de su anciano amo.
II
―¿Vas
a acompañarnos?- preguntó a Benjamín con mirada picarona Ethel, la moza más
simpática que se podría conocer en esos días en Gallegos.
Benjamín,
que por ser tímido pero muy inteligente se daba cuenta ―o al menos eso
interpretaba― que Ethel no era sólo una compañera de curso, ni su mejor amiga,
sino su alma gemela, no quiso dejar pasar la oportunidad para emprender una
aventura épica con tal de no despegarse de ese encanto.
―¡Obvio!
Me cambio las zapatillas y estoy. Y así nomás esa tarde el viento cargó los
pulmones de Benjamín para acompañar a Ethel y sus dos hermanos, Marcos y Juan
por las calles impregnadas de escarcha para pedir casa por casa libros que
quieran donar para la nueva biblioteca del pueblo.
III
La
casona pretendió ser el lugar seguro para refugiarse en la lectura pero con los
meses se convirtió en sala de primeros auxilios ya que el hospital quedaba a
trasmano y la mamá de Ethel era enfermera y conseguía lo necesario para
curaciones y emergencias. Benjamín fue un maestro improvisado para ayudar dos
horas por día a los chicos que lo requerían. No faltó don Pascual que se sumó
para enseñar a tocar el acordeón los sábados. Eso alentó a Doris a abrir sus
clases de danzas folklóricas. El año de las grandes nevadas quedó en el
recuerdo de Ethel y Benjamín porque en el vidrio de la ventana principal de la
biblioteca sellaron con un tenue soplido condensado y dos dedos, un corazón.
IV
Autoridades
todas y público en general, ―dijo el intendente a punto de emocionarse― para
terminar este homenaje les quiero leer
unas palabras de despedida que nuestro buen vecino nos quiso dejar:
“Así
como el viento ayer me trajo, el viento hoy me lleva. Mi padre me contaba que
su recuerdo más nítido al llegar a Gallegos fue el viento de ese verano que le trajo
el sol en la cara. Me dijo que ese aire con alma se le impregnó en la piel para
siempre. A Ethel la conocí en un recreo de mucho viento, cuando le alcancé el
boletín de calificaciones que se le voló atravesando el patio de tierra. Ese
día descubrí la sonrisa más hermosa del mundo. Sólo nunca hubiera podido vencer
la timidez. El viento me desafiaba a encerrarme. Pero lo domé y le gané la apuesta. Dejándome
rozar por el viento hice amigos, conocí el amor, valoré la palabra dada,
aprendí a comprometerme y a mejorar este mundo que entre vientos nos acerca,
nos aleja, nos lleva, nos trae. Sé que pronto voy a morir. Me lo susurra el
viento. Ya me quiere sembrar de nuevo el muy pillo. Y feliz y pleno quiero ser
enterrado para ganarle la batalla final a ese que nos mueve”.
La
placa de la Biblioteca Popular “Ethel Barrionuevo” por fin estaba completa: a
su derecha se atornilló la de “Benjamín Espíndola”. Porque morirse habiendo sembrado
no es morirse, sino brotar en el pueblo.
Autor: @ConiglioFabian
![]() |
| Acción permanente, en la quietud. Patagonia. Argentina. |
Publicado por Unknown en 6:16
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